Son guardados como para no olvidar nunca y se atesoran en
los lugares más vigilados de nuestro ser, donde solo nosotros podemos llegar,
conocemos el camino, y sabemos dónde tenemos que pisar, para que nadie escuche
el ruido de nuestros pasos, sentimos el
aroma y hasta podemos proyectar ese momento como si fuera el presente,
simplemente cerrando la mirada y dejarnos llevar por ellos mismos, armamos una
escultura de lo vivido y cuando los ojos se abren, el barro se cae por el
diluvio que el presente contempla.
Momentos que llaman a vivencias, que hacen que la lluvia
empape la mitad de tu cuerpo y la otra este seca, porque ese fue justo el punto
donde me encontraba, quizá dando un mensaje que nadie pudo descifrar, que el
tiempo dará el veredicto de lo que nos quería decir esa lluvia nocturna, mitad húmeda,
mitad seca.
Momentos que transmiten
inciensos, llevados como polen por el cuerpo a diferentes lugares, desde
una prenda hasta a el propio lecho, donde florecía el jardín de la efusión y
eran regadas por las lágrimas de felicidad cual hoy está seco y arenoso.
Momentos que se amontonan como archivos , que uno selecciona
para después eliminar y dejar lo que más conviene, que quizá sea descartado por
otros nuevos Momentos, esperando que se sigan almacenado y los viejos períodos
se ahoguen en el olvido.
Momentos que son Momentos y otros que ya no lo son.


