jueves, 29 de abril de 2010

Fusil sin balas


Solo me acosté, pieza cálida y confortable, entre sabanas y sueños desperté en medio de un frío nival que atormentaban mis huesos, aquella poesía dejaba en mis manos el rastro de tinta con la cual había sido escrita a Mi Querida amada...
El sueño algún día terminara,
Allí despertaremos juntos
Rodeados de la fragancia del Amor que siento,
Solo mirare todas las noches mi corazón
Para no encontrarme solo y
Acariciar tu rostro,
Para volver a dormir...

Ruido y gritos era el idioma con los cuales mis oídos empezarían a convivir.
Mis ojos envueltos en lágrimas sin comprender, borroneaban la imagen de una guerra la cual nadie comprendía, y la cara se desvanecía como la cera, mi cuerpo que vibraba al compás de las alas del colibrí, por el frío amenazante que azotaba mi alma.
Aire a temor se respiraba, un pedazo de pan era lo que necesitaba, pero un hierro frío y negro me dieron, era lo único que me salvaría me dijeron. Cuando toco mis manos, solo quería despertar, pensaba que era un sueño, algo parecido a un abismo donde se conjugaba todo el terror, el deseo de matar, la maldad con sus legiones, las enfermedades y epidemias paseaban entre nosotros, nos enfrentábamos diariamente, conocíamos sus gestos, su forma de caminar, hasta nos miraban a los ojos y nos sonreían.
Nada entendía, no sabía si volar, cavar, o escapar. Tormentos constantes, llantos que golpeaban sobre mi cabeza y sangre que corría por tierras frías de jóvenes que no veían, ni escuchaban, nada sabían. Todos se preguntaban ¿porque? Haciendo responsable a esa pregunta, de que ellos no querían estar allí.
Patricio, un Sanjuanino morocho, robusto de dieciocho años con el cual entable una relación de amigos, en sí, si no compartíamos entre nosotros los miedos, la tristeza, el extrañar, moríamos, pero de angustia, en un abrir y cerrar los ojos, comenzó la batalla, éramos juguetes de las mentes más maquiavélicas que podían existir, soldadito de plata.
La batalla comenzó, el temor amenazante se vestía, eran perros cimarrones que llegaban con ojos rojos de furia y rostros duros de bronce, buscaban carnes para ser saciados, sus pieles destilaban odio y crueldad solo querían terminar, matar.
Ni siquiera nunca medite ese verbo, y estaba delante mío, como un oso hambriento, boca abierta y colmillos afilados.
Siempre pensé que no eran hombres, si no otros seres que resurgían de las más profundas tierras de maldad, no lo sé, no podía retener que el hombre, mate al hombre.
El surgir de la pregunta ¿porque? Era constante y densa en mi mente.
Atormentado y abrumado pedí a Dios una salida, mientras el pelotón ya la había encontrado respuesta, yo no, el matar no era lo mío, no lo necesitaba.
Sentí que algo impacto en mi cuerpo, que quemaba mi pecho, me debilitaba, los ojos tendían a cerrarse, ahí comprendí que era la respuesta de mi salida, como aquel fusil sin balas las cuales habían quedado debajo de la almohada.
Su rostro se inclinó, cayó sobre una piedra, labios extendidos dibujaban una sonrisa, la conciencia tomo partido de su ser y como diapositivas los recuerdos fluían desde su alma, la cara de los padres, amigos, su perro, su primer día de clases, su primer beso enamorado, y el rostro de su amada recitando…

El sueño algún día terminara,
Allí despertaremos juntos
Rodeados de la fragancia del Amor que siento,
Solo mirare todas las noches mi corazón
Para no encontrarme solo y
Acariciar tu rostro,
Para volver a dormir...

Dios le había dado una salida.

“Juan murió en Malvinas y su fusil descargado a su lado, nunca pensó en quitar la vida…”

No hay comentarios:

Publicar un comentario